jueves, 23 de mayo de 2024
LA AMABILIDAD DE LOS EXTRAÑOS
En la casa no había café. Mejor dicho, sí lo había, pero no teníamos ninguna forma de edulcorarlo. Y a mí las amarguras no me gustan nada, ni siquiera como sensación gustativa.
Habíamos llegado la tarde anterior a nuestro lugar de vacaciones, situado en una zona residencial, sencilla y tranquila, urbana pero cercana a la naturaleza. Un estupendo lugar, pero desconocido.
Esa mañana, echando de menos mi rutina matinal, decidí salir a cualquier bar cercano en busca de un café que pudiera endulzarse.
Al salir a la calle me resultó evidente la ausencia de cualquier local público. Me puse a caminar, esperando algún resultado mejor a la vuelta de la esquina siguiente. Pero al volver la esquina, aparecía siempre el mismo panorama: viviendas muy playeras, muy majas, todas con su jardín, pero todas bien cerradas. Y ni un alma por la calle.
Yo continuaba una manzana más, y otra, pero no descubría nada nuevo. De pronto, al cruzar una transversal, encontré un ejemplar de homo sapiens en forma de mujer, entrada en años aunque no tanto como yo, que barría una puerta de calle en uniforme de limpieza. Supuse que debía desempeñar allí la función de conserje de la finca, y que conocería la zona.
Me acerqué a ella y le pregunté si había cerca algún sitio donde poder tomar un café: ¿bar? ¿cafetería?… Ella detuvo su tarea para atenderme y se puso a repasar mentalmente sus conocimientos sobre la cuestión. Trató de responderme, con un leve acento extranjero tal vez proveniente del Este europeo: "… Por esta calle adelante… No, no, eso queda lejos”… “A lo mejor en esa otra dirección… aunque no sé si estará abierto… Y está lejos también…". Así estuvo un momento más, hasta que de pronto se le iluminó la mirada, y haciendo ademán de extender los brazos hacia la casa, con ambas manos abiertas, me dijo:
«Si lo que quiere es un café… ¡Aquí mismo!»
Lo había dicho sonriéndome abiertamente con tanta calidez que yo me sentí conmovida por su espontáneo y completamente inesperado ofrecimiento, y en un inmediato impulso la tomé por los hombros y le di un beso agradecido, exclamando “¡Oooh…! ¡Bonita!!!”
No quise robarle tiempo de sus obligaciones. Me despedí repitiéndole mi sincero agradecimiento por un gesto tan hospitalario e inusual en estos tiempos individualistas y egocéntricos.
Recordé entonces el título de una película que vi hace algún tiempo, "La amabilidad de los extraños” (The kindness of strangers). Una película un tanto sentimental pero muy agradable. Y me dije: “No, no es cosa de película. La amabilidad de los extraños existe de verdad”.
Tengo que añadir, además, que ésta no es, ni mucho menos, la única vez que lo he comprobado con mi propia experiencia.
martes, 9 de noviembre de 2021
PADRENUESTRO
Padre,
que no inasible extraño
ni majestad ignota capaz de enmudecernos.
No Dueño inapelable,
sino Padre Materno, Padre Tierno,
que nos invita a dialogar con Él
en confianza íntima de hijos…
**
Padre y Madre a la vez,
Padre Nuestro, de todos,
que no tan sólo mío y sí de cada uno:
huella de infinitud en nuestras almas,
comunión del origen que nos hace
reconocibles unos para otros
como seres fraternos.
**
Padre nuestro, que estás en el cielo
porque trasciendes todos nuestros límites,
nuestros sentidos todos
y cuanto ellos alcanzan.
Padre nuestro del cielo que estás en la tierra,
porque todo lo bueno y hermoso
que en ella encontramos
de Tí nos habla, a Tí nos encamina.
**
Padre, Tu nombre sea
siempre santificado y bendecido.
Glorificado seas con el ser
de todo lo creado.
Glorificado seas, sobre todo,
en nuestros pasos, hacia Ti dispuestos,
en nuestro hacer y en nuestro deshacer.
Siempre alabado seas
en cualquier expresión de nuestra hondura,
en cualquiera de nuestras acciones.
Que nuestras vidas se conformen, Padre,
con el feliz sentido que tu amor
proyectó para ellas en principio.
Que en todo lo que hagamos en el mundo
seas libre y conscientemente honrado,
reconocido así como quien eres.
**
Venga a nos el Tu reino, Padre nuestro.
El reino que desean desde siempre
sin ser capaces nunca de alumbrarlo,
los milenios del hombre.
Venga a nos el tu reino de verdad sin disfraces,
de relaciones justas,
de rectos e inocentes y sabios corazones…
Reino de Espíritu.
**
Así como en el cielo, así en la tierra
se haga Tu voluntad,
y la tierra será de nuevo tierra virgen
por el cielo habitada.
Haz que Tu voluntad nos sea alimento,
haz que la amemos con pasión del alma
sobre toda otra cosa,
y que busquemos siempre conocerla
para verla cumplida, para hacerla
fruto de realidad.
Que sea tu querer
motor de nuestro hacer,
y con amor sepamos acogerlo
cuando nos viene dado en el acontecer.
Danos hoy nuestro pan
de cada día… y no pidamos más.
Tan sólo danos fortaleza y gracia
para no preocuparnos demasiado
de todo lo que excede
nuestras necesidades verdaderas.
Y si comemos hoy el pan de cada día,
gracias por ese pan.
Impregna nuestras vidas de celo generoso
para que no olvidemos
a los que no lo tienen a su alcance.
Que nuestro amor, nuestro sentido innato
de lo que es bueno y justo
luche por conseguírselo.
No descansemos, Padre,
hasta que en todo el mundo,
para todos los hombres y mujeres,
haya pan y trabajo, dignidad y respeto,
derecho y crecimiento genuinos.
Conviértenos, Señor, en instrumento
de tu plan de justicia
y de tu providencia para el mundo.
**
Padre, perdónanos.
Mira benevolente
los continuos desaires y traiciones
de nuestra mezquindad, nuestra bajeza.
Y enséñanos también a perdonar
a aquéllos que nos hayan ofendido,
quizá tan miserables como somos nosotros,
tan pequeños, tan frágiles.
Quizá tan miserables, y no más.
Que perdonemos, Padre,
como perdonas Tú,
con el perdón nacido de antemano
antes incluso de sufrir la ofensa.
Que perdonemos, Padre,
las deudas que lo son y las imaginadas,
las heridas causadas a sabiendas,
y aquellas otras que fabrica y urde
nuestra propia orgullosa suspicacia.
**
No nos dejes caer en tentación ninguna.
No nos dejes caer, que tropezamos
en cualquier altibajo del camino.
Mira que nuestro paso es vacilante,
mira que nos abate cualquier viento,
mira que somos débiles,
mira que nos caemos…
¡No nos dejes caer!
**
Y líbranos del mal, Dios Padre bueno.
Líbranos de obrar mal,
líbranos de seguir ningún camino
que no termine en Tí,
que de Tí nos aleje, que nos pierda en lo oscuro,
que nos hunda en el pozo de lo que no eres Tú.
Líbranos también, Padre,
de padecer el mal, si ello es posible;
pero no se haga en esto
nuestro simple querer,
sino tu voluntad.
… Y que así sea.
.
